por Jennifer Abe

IMG_20140825_080353Me siento a la mesa de la cocina, mirando a los grandes jacarandas alineados en la calle afuera la ventana. En esta fría mañana de otoño en mayo, el cielo del hemisferio sur en Argentina tiene colores entre grises y azulados y las hojas están poniéndose más claras. En un mes, las grandes ramas desplegadas van a estar desnudas de invierno, siguiendo el antiguo ritmo natural que marcan las estaciones y del que hemos sido testigos desde esta ventana, ahora por segunda vez.

Han sido dos años en Argentina. Esta vez, cuando los estudiantes se vayan de Córdoba, nosotros—Douglas, mi marido, Adam y Bennett, nuestros chicos de once años y yo—vamos a seguirlos apenas unos días después en nuestro viaje de regreso a EE.UU. Un periplo. Lo que no es simplemente emprender nuestro camino al Norte. Argentina ya no es una abstracción y Córdoba es mucho más que un punto en el mapa. Este lugar se ha convertido en nuestro hogar.

El programa de Casa de la Mateada era solo una idea cuando Douglas y yo llegamos por primera vez a Córdoba como profesores y co-directores con cuatro de nuestros hijos. El programa estaba inspirado en un modelo desarollado en El Salvador, un programa que, originalmente, concibió y desarolló los cuatro pilares–la Comunidad, el Acompañamiento, la Espiritualidad, y los Estudios Academicos–en un esfuerzo para formar estudiantes en una “solidaridad instruida.” Estabamos encargados, junto con nuestros colegas, de transformar esa idea en una realidad. Dos años después, hemos sido testigos de cómo nuestros estudiantes han tenido esa experiencia con estos pilares de maneras concretas. Aprendiendo a respetar y amar a los miembros de las comunidades de praxis en La Luciérnaga, en Barrio Argüello y en Nuestro Hogar III para su fortaleza, determinación y capacidad de amar y alegrarse en el medio de las duras realidades de sus vidas. Lavando los platos con la musica a todo volumen (“dance party” le dicen). Sentándose en un silencio compartido en los retiros o durante las noches dedicadas a esta práctica contemplativa. Reflexionando en voz alta y en papel, en clase y en los diarios, en las conversaciones entre nosotros, entre ellos, con Nestor (el conductor de taxi) y otros. Las preguntas cruzaban desde el ámbito academico al ámbito de la realidad para darle sentido a sus experiencias en Argentina. Bromeando con Martin Maldonado, su ocurrente e irremplazable coordinador de praxis y su profesor de Ciencias Politicas. Y saliendo a tomar café o helado con su querida Bianca McNeil, una miembro del staff, quién vive con ellos y coordina su vida comunitaria.

En la sencilla práctica de aprender cómo prestar atención a las cosas chiquitas, de hacer el esfuerzo para tomar conciencia de los momentos cotidianos, muchas veces los estudiantes descubren que la experiencia de la Casa puede convertirse en algo extraordinario. El tiempo transcurre de un modo diferente. Hay tiempo para las conversaciones, anotar en un diarío, tomar mate, y jugar juegos tontos. Para prestar atención a las arañas y los colores de las hojas que se caen de los árboles. La vida se convierte en una más vívida. Subiendo a los colectivos para ir a las clases y a “praxis,” prestando atención a la manera en que los sentados siempre ofrecen sus asientos a los mayores, a las mujeres con sus hijos, y a los discapacitados. Siempre. Sintiendo el roce de los “besos que se pegan a la mejilla” como parte de la costumbre argentina de besos para cada ocasión, sea saludo o despedida. Sintiendo la cabeza como llena y cansada por el esfuerzo de hablar un lenguaje diferente todo el día y luego, de repente, sintiendo compasión por aquellos en quienes nunca antes habías pensado; por quienes tienen que hacer eso todo el tiempo en tu propio país.

A través el tiempo en Argentina, los estudiantes aprenden a verse a si mismos como conectados a un mundo más grande, especialmente a los que están marginalizados por la pobreza y en ese proceso, desarollan una sensación de la conexión a lo que está más alla de sí mismos. Finalmente, Casa es una experiencia para aprender cómo poder abrir el sí mismo a la propia vida en un mundo que es fragmentado, injusto y también a la vida que es completamente — casi insoportablemente —bella. Para tener una vida llena de la vulnerabilidad, el cariño y la aceptación gentil como una alternativa radical contra la corriente social que muchas veces fluye a buscar la certeza más que el cuestionamiento, el éxito del individuo más que el bienestar comunitario. Esas posibilidades también son parte de las que ellos van a llevar a EE.UU.

Quizás algo de eso nos ha ocurrido a nosotros también.   Estamos volviendo a EE.UU. cambiados en muchos sentidos de los que todavía no tenemos conocimiento. Entonces, es con una mezcla de sentimientos que nos regresamos a nuestras vidas de antes, ya no como éramos. La dulzura de conocer que tendremos más contacto con nuestra querida familia y nuestros amigos de nuevo. La dificultad de dejar a nuestros queridos amigos y colegas aquí. Ellos son los amigos con que hemos trabajado con tanto esfuerzo y también con tanta alegría y sentido de camaradería en los dos años pasados, algunos de los cuales nuestros estudiantes nunca tuvieron la oportunidad de concocer. Entonces, terminaré esta reflexión con nuestro profundo agradecimiento, cariño y gratitud a todos nuestros amigos en Argentina: a todos los que han entablado una amistad con nosotros y nuestros hijos, a los que nos han mostrado hospitalidad y amabilidad cuando todavía eramos extranjeros (a los amigos del UCC, Colegio Mark Twain, Alla Arriba, CELEC y nuestro barrio, el Cerro). Y a nuestros colegas del programa en Argentina, trabajadores asombrosos e inspiradores–a Santiago Bunce, Michelle Lally, Diego Fonti, Pablo Giesenow, Marta Risso Patron, Ariel Ingas, Jessica Laulhe u, especialmente a Martin Maldonado y Bianca McNeil, quienes se convertieron en una familia para nosotros–los guardamos en nuestros corazones con gratitud y cariño. ¡Muchisimas gracias!

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